Por: Jorge Luis Sulbarán Algara / Periodista

La política, cuando carece de ética, suele disfrazarse de misticismo. Recientemente, Mérida fue testigo de una «peregrinación por la paz» que, lejos de ser un acto de contrición o de genuina espiritualidad, terminó por convertirse en el espejo de las miserias de una dirigencia política que ha hecho del «arar en el mar desierto» su único oficio conocido.
Esta seudo peregrinación no trajo paz, sino que dejó al descubierto las costuras de una oposición local que padece de una amnesia selectiva y conveniente. Es asombroso y hasta insultante para la memoria colectiva ver cómo estos personajes han decidido «olvidar» casi tres décadas de desidia, persecución y opresión. Resulta ingenuo pensar que cambiar el color rojo por el azul o el blanco borra de un plumazo la etiqueta que la historia ya les tiene marcada. El color de la camisa no quita la mancha de haber pretendido erigirse eternamente en el poder, ni el historial de maltrato hacia el ciudadano común.
Estamos ante una seudo dirigencia que sufre de una orfandad de legitimidad. Es un secreto a voces que estos líderes no ocupan sus cargos por el mandato de sus bases; no son producto de la voluntad de la militancia ni de una victoria en las urnas. Por el contrario, su estatus es el resultado de imposiciones y de oscuras alianzas judiciales con el mismo gobierno que dicen confrontar. Esos que ayer vimos estrechando la mano de su verdugo como si aquí nunca pasó nada en 27 años, son los «líderes de despacho» que, ni siquiera en sus años de juventud, lograron ganar una elección interna, y que hoy dependen del auxilio tribunalicio para secuestrar siglas y tarjetas.
El pueblo merideño, históricamente despierto y crítico, ya los tiene identificados. No se puede pretender ser el «salvador» de una democracia que ellos mismos han ayudado a socavar con su entreguismo. Estos actores, que hoy caminan por la «paz», son los mismos que han traicionado sistemáticamente la confianza popular para asegurar su cuota de supervivencia política.
La historia no se escribe con tintes que se lavan, sino con hechos. Por más que intenten camuflarse entre la fe del pueblo, la realidad es implacable: no son alternativa, son el síntoma de una política degradada que se niega a darle paso a la verdadera voluntad ciudadana. En Mérida, la paz se construirá con coherencia y dignidad, no con caminatas de quienes, tras traicionar a la democracia, ahora buscan refugio en la desmemoria.