Crónicas y caminos: Pedro María Molina, un título de longevidad verificada

Por: Ramón Sosa Pérez

Dicen que los cronistas somos atemporales porque vivimos en presente hurgando el pasado para que nos lean en el futuro, lo que supone un vínculo conceptual que hemos de revisar. Zarandeando papeles, infolios y fotos desleídas por la pátina del tiempo, hallamos el dato que para otros quizá sea trivial. Hace dos lustros me topé con el perfil de Juan Vicente Pérez, célebre por haber cruzado el umbral de 107 años de edad con títulos cuasi inverosímiles.

Era el venezolano más longevo de la historia y el último hombre vivo nacido en la década de 1900. Lejos estaba de saber que el noble tachirense, nacido en La Grita el 27 de mayo de 1909, fue un récord histórico y que, entre sus antecesores en estadísticas, solo están el japonés Jiroemon Kimura (quien nació el 19 de abril de 1897 y falleció con 116 años de edad el 12 de junio de 2013) y el brasileño João Marinho Neto, hoy con 113 años verificados.

Pedro María Molina, nacido en el sur de Mérida el 27 de abril de 1915, exhibe desde el 2 de abril de 2024 el título del hombre más longevo de Venezuela y segundo en el mundo, detrás de Marinho Neto, nacido el 5 de octubre de 1912. En ellos se funde la acepción Zonas Azules, instituida en el año 2000 por los demógrafos Gianni Pes y Michel Poulain para los sitios donde se registra frecuencia en las personas que superan los 100 años de edad.

En solidez histórica hay prevalencia de tipologías al habitar espacios naturales: alimentación sana, propósito vital, entorno saludable y conexión vital, porque el rastreo de su génesis los ubica en coincidencia. Nacieron en lugares de ruralía donde salvar largos trechos para trabajar era la regla, con alimentación basada en vegetales y granos integrales, un propósito para levantarse cada día y fuertes lazos familiares donde apoyarse.

Pedro María, chacantero de origen, tiene lejanas raíces en Pregonero del Táchira. Sus padres, Francisco Molina y Leocadia Márquez, descendían de olas migrantes que las hubo en tiempos de la lucha federal en pueblos vecinos y que, desertando de las graves secuelas, hallaron seguro refugio en el sur merideño. Criado entre penurias y sin ahogo, porque la suya fue una época feliz donde todos se ayudaban en familiaridad y vecindad oportuna.

El montañés convive en su espacio gozoso por lo que recibe en gratuidad: energía, vitalidad y afectos, junto a los principios que el hogar brinda a los suyos. En la labranza fue hacendoso; en el comercio tuvo altibajos, pero siempre con buenas cuentas. De joven, Pedro María Molina despuntó en el ímpetu de comprometer apoyo a sus vecinos en garantía de vida comunitaria, atendiendo la socorrida frase sureña: “llegar y besar el santo”.

Cuando la situación lo exigía, estaba presto y a poco destacaba en servicio generoso. La vida en Chacantá pasaba en naturalidad y sencillez: el hogar y la siembra fraguando alimento y trabajo, mientras el arreo surgía como vigía de esperanzas para saber lo que había detrás de los cerros. Con 20 abriles se alistó de viajero con las recuas que iban a «la cordillera», como eufemísticamente llamaban al ignoto lugar más allá de su alcance.

Su rico anecdotario lo contó en 2010 y, a 50 años de su ocurrencia, las registró en el I Encuentro Nacional de Arrieros, celebrado en Los Nevados. En 1947 se casó con Adelia Montes, procreando 6 hijos; enviudó y en 1967 contrajo nupcias con Herminia Montes Reinoza, unión que le deparó 6 críos. “A la docena quizá haya que sumarle algo más”, refiere la guasa sureña, habida cuenta de la azarosa vida de los arrieros por tierras del sur.

Ya dueño de arreos, comerciaba café y tabaco envirado que se embarcaba luego en el Puerto de La Ceiba, rumbo al mercado. Pedro María acarreaba la despensa hogareña de Agua Blanca y se propuso entroncar la temible trocha entre Chacantá y Pueblo Nuevo, adelantando el reparo con los convites bajo su orientación. Luchó por un dispensario y por la primera escuela para Chacantá, cristalizando ambos empeños y donando el terreno para la obra.

Fue jefe de cuadrillas en el camino Chacantá-El Vaho con salida a Canaguá y Mucuchachí, y acompañó al padre Eustorgio Rivas abriendo la vía La Laguna. Mucho más puede decirse de este hacedor del sur, nacido en Chacantá hace 106 años. Al goce formidable de su memoria portentosa, sumamos su ejemplo vecinal expresado el día de su cumpleaños al plantar un árbol memorativo en su pueblo natal, perpetuando así al hijo supercentenario.

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