Crónicas y caminos: El cuarto de los temblores

Por: Ramón Sosa Pérez

“Mientras más lejos estemos del último terremoto, más cerca estamos del siguiente”, reza la añeja tradición que por generaciones ha llegado hasta nuestros días. No es de extrañar entonces que hoy abunden voces agoreras pretendiendo ser más papistas que el papa en esto de los terremotos y sus derivados. En las opiniones ulteriores a los eventos sísmicos del pasado 24 de junio se ha especulado mucho al respecto.

Las fábulas pitonisas acicalan sus versiones ansiando convencer a su clientela, básicamente política. También se ha discurrido en torno a episodios curiosos que van desde la advertencia de los nigromantes hasta un incalculable imaginario de numerología que señala lo puramente sagaz de la narrativa nacional. Las reacciones del colectivo valen un Potosí, como referían los bolivianos en tiempos de plata y níquel.

La historia local andina también retiene lo suyo y al ejemplo nos referiremos. Corrían los años 50 del pasado siglo XX cuando los temblores eran muy frecuentes en Aricagua, la del sur merideño, y el párroco de la época, José Boanerges Uzcátegui, nos contó lo ocurrido un domingo cuando la concurrencia de feligreses no daba tregua en el templo consagrado al Santo Cristo, patrono y benefactor de la comarca.

Estaba el padre a mitad de misa cuando el estrépito inundó el recinto tras el grito terrible: ¡Quietos! ¡Que nadie se mueva! Y los fieles, impedidos por una fuerza superior, quedaron suspendidos en la orden terminante por segundos eternos. Nadie protestó la bizarría que por gracia divina brotó abierta, salvando que en los audaces empellones tantos se malograran del susto en intentos de ponerse a resguardo.

Brevísimos instantes duró aquel laberinto, pues el sacerdote dispuso la salida con el brío que le hizo salvador impensado del apocalíptico momento en aquel domingo de Aricagua. Acaso la brusca salida de los feligreses merideños en la misa del Jueves Santo 26 de marzo de 1812 ante el violento terremoto haya sido causa de la mortandad que se registró, dado lo avanzado de la tarde y la inmediata oscuridad reinante.

La desolación en 1812 fue aciaga y, mientras la ciencia sigue investigando, apenas contamos con la profecía del padre Montoya, de Guaraque, que en noviembre del año 11 confesó al padre Márquez, párroco de Lagunillas, la sorprendente visión: “Padre Montoya, ¡avise a Mérida que se hunde!”. Del caso se informó a la villa, pero desoyeron su llamado, como citan las crónicas de don Tulio y el Dr. Ricardo Labastida.

Hoy, y a propósito de lo acontecido recientemente, vuelven las memorias de tiempos idos. De antiguo la gente creía a pie juntillas en predicciones asociadas al preludio de un terremoto: las aves se recogían en agorero vuelo más temprano que de costumbre, cabras y reses se arqueaban sobre la tierra en señal inequívoca de calamidad, los perros gruñían porfiados y las serpientes bregaban por espantarse a plena luz del día.

También hemos sabido de nuestros abuelos que en el ayer distante construían, en advertencia, una suerte de entramado liviano de bahareque y techo de paja para asilarse en las noches de infortunio, llamado “el cuarto de los temblores”. Muchos coligaban el curioso lugar con el de las diarias azotainas, pero seguramente era coincidencia, pues la previsión indicaba mayor sapiencia ante un terremoto.

Hoy, cuando los expertos se devanan los sesos proponiendo a los centros de poder político y decisorio la adopción de tales o cuales medidas que mengüen las secuelas de las calamidades que nos acechan, viene a propósito la reflexión sobre el carácter previsivo de quienes nos precedieron, probando menor vulnerabilidad social al mermar los daños humanos y materiales que tanto lamentamos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *