Nadie se esperaba lo que pasó esa mañana de septiembre. Era una jornada común en Nueva York, de esas con tráfico pesado y gente apurada caminando hacia las torres del World Trade Center, cuando todo se torció para siempre. Dos aviones comerciales secuestrados se estrellaron contra las Torres Gemelas, un tercero impactó contra el Pentágono en Virginia y un cuarto cayó en un campo en Pensilvania gracias a que los pasajeros se plantaron frente a los secuestradores.
Participaron, como autores materiales directos 19 terroristas suicidas pertenecientes a la red yihadista Al Qaeda, divididos en cuatro comandos que secuestraron cuatro aviones comerciales de las aerolíneas United Airlines y American Airlines.
El plan y la ejecución fueron ideados y financiados por la cúpula de esa organización, liderada en ese entonces por Osama bin Laden, quien asumió la autoría intelectual de los ataques.
En cuestión de minutos, el corazón financiero de Estados Unidos se convirtió en una nube gris de humo, fuego y desesperación. Las torres terminaron por venirse abajo en directo para las cámaras de todo el planeta, dejando una estampa que todavía hoy, un cuarto de siglo después, encoge el estómago.
Aquel ataque coordinado por Al Qaeda no solo cobró la vida de casi 3.000 personas, sino que fracturó la sensación de seguridad global. Las fronteras se cerraron, los controles en los aeropuertos cambiaron radicalmente y la política internacional entró en una espiral de guerras y tensiones antiterroristas que marcaron el rumbo de los años siguientes.
Hoy, las familias de las víctimas siguen recordando a los suyos en el memorial de la Zona Cero, mientras el mundo repasa la fecha con la misma pregunta flotando en el aire: cómo un solo martes de otoño bastó para cambiar por completo la historia moderna. (Jlsa CNP N° 23957/Fotos Tomadas de la web)







