Ramón Sosa Pérez

Mérida es culta, a juzgar por su fortaleza intelectual, escénica y artística. Confirmarlo es corresponder a su bien habida gloria como cuna de historiadores, letrados y músicos que destacan su legado en la frase bíblica: “Non potest civitas abscondi supra montem posita”. Retengo hoy la socorrida expresión del eximio bardo trujillano Antonio Cortés Pérez al instalar la Convención de la Sociedad Bolivariana: “Mérida es ciudad de cultura porque al tiempo pueden coincidir en diferentes espacios y lugares un concierto, una velada, un recital o el evento afín al diario hacer de su gente”.
En este mayo nos visitó la directora artística de la Fundación Schola Cantorum de Venezuela, María Guinand, a tenor de dos citas de su innegable referente; la Academia de Mérida la eligió Miembro Correspondiente Nacional y la Universidad de Los Andes (ULA) la nombró Doctora en Música, junto a su esposo Alberto Grau, meritorio en la distinción. Esta caraqueña, de fina formación en promoción cultural, pedagoga y directora coral, egresó de la Universidad de Bristol, Inglaterra, como licenciada y maestra, al tiempo que en su labor de investigadora a tiempo completo motiva a la Schola Cantorum de Caracas.
En 50 años, la Schola Cantorum de Venezuela ha recorrido decenas de países que encumbran el estandarte de nuestra música coral con inolvidables conciertos. El Guido d’Arezzo en Italia, el Estival de Francia, España, EE. UU., Ámsterdam, Bélgica, Londres, Suiza, Finlandia, Buenos Aires, Suecia y Brasil son pauta del itinerario. Las palmas de las marquesinas los estrechan en más de media centuria como prueba de consagración transferida por su directora, la maestra María Guinand. A Mérida llegó precedida de su bien ganado puesto en la gestión cultural del proyecto que representa la Schola Cantorum de Venezuela, hechura de su esposo y mentor.
A su trabajo lo escolta un proverbial don de gentes adosado a las sucesivas generaciones. En 2003, la Schola Cantorum de Venezuela inauguró el Festival Internacional de las Artes en Australia con La Pasión según San Marcos [Nota: se ajustó por precisión histórica de la obra de Golijov], nominada a los Helpmann Awards y al Olivier Awards del Reino Unido como mejor presentación clásica. En una genialidad de discurso por su pedagogía distintiva, propuso a la Academia de Mérida la obra musical de Modesta Bor, “una de las compositoras venezolanas más destacadas del siglo XX, reconocida por su prolífica obra musical para piano, conjuntos de cámara, orquesta y coros”, sin obviarle a la gran pianista su postura crítica ante el llamado genocidio cultural.
Modesta Bor fue acerba ante la irrupción de los medios audiovisuales de la época que, a su juicio, devastaron el alma nacional desde las costumbres y las tradiciones; lo que hoy reconocemos, pues en vez de enseñar lo positivo, alimentan la banalización cultural hasta volvernos permeables al seductor enfoque extranjerizante. La maestra Guinand nos dejó una cátedra de fibra artística admirable al dirigir el repertorio primoroso de Modesta Bor, desde la peana magistral de un escenario atestado de jóvenes de coros universitarios que, en amalgama exprofeso, marcharon en vilo por las encantadoras melodías de la margariteña, cuya vena musical le vino del hogar insular que arrulló su preludio.
Demás está decir que las composiciones de Modesta tienen el emboque sugestivo de los buenos vinos, con olor al misticismo de la fe que nace en los pueblos del interior. La candidez de su canto trasluce la mixtura de religiosidad y costumbrismo que nos asiste al tiempo de sortear la vorágine que ensaya borrar de un tajo las más genuinas expresiones culturales de nuestra historia. A Mérida le cupo el privilegio de recibir a la maestra María Guinand, sin nada que envidiar a quienes en el mundo valoran con creces su aporte a la cultura coral universal. No nos sería lícito obviar tan grato momento, refrendado por su conferencia en torno a la obra musical de Modesta Bor y el ilustrativo concierto dado desde el proyecto de la cincuentenaria Schola Cantorum de Venezuela.