La Encerrona cumple 33 años

Por: Héctor Alonso López

Hoy se cumplen 33 años del camino de mentiras y traiciones más largo y dañino que hemos vivido los venezolanos. Todo comenzó un año antes, en 1992, con dos frustrados golpes militares que fueron derrotados con firmeza por un Presidente civil. Lo verdaderamente insólito de estos acontecimientos es que, después del inmenso daño que ya habían producido los militares golpistas, un sector de la sociedad civil —heterogéneo en pensamientos e intereses— logró coincidir con el único propósito de defenestrar al Presidente de la República. Hoy, más de tres décadas después, es imperativo y pertinente preguntarse: ¿qué ganaron con aquella conjura?

Como militante y dirigente de Acción Democrática, asistí con absoluta conciencia de mi responsabilidad a la reunión extraordinaria del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) aquel fatídico 20 de mayo de 1993. Escuché el escueto e inconvincente informe del Secretario General, quien, haciendo alusión a la inminente decisión del Tribunal Supremo de Justicia, solicitaba al Senado de la República la autorización para iniciar un juicio al Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez. En el seno de AD, la discusión de ese día se centró en que el delito que se «iba a averiguar» con el juicio solo se relacionara con los estatutos partidistas, determinando que un delito «probable» no resultaba compatible con la militancia. La decisión implícita ya estaba tomada: excluir a CAP.

Hubo, por supuesto, las advertencias necesarias sobre las catastróficas consecuencias que este acto acarrearía para el país y para el propio partido al convertirnos en parte de la conjura. Todos en esa sala lo sabíamos; sin embargo, daba igual, la decisión ya estaba acordada en la sombra. Estoy profundamente convencido de que la dirección de Acción Democrática permitió abrir ese día, de par en par, las puertas del infierno de las traiciones, las cuales volverían a formar parte de la ya larga e intrincada historia de Venezuela.

Meses antes de su fallecimiento, sostuve una amable conversación telefónica con la ex diputada Paulina Gamus. Consciente de las profundas diferencias partidistas que ella había mantenido con CAP, decidí preguntarle con franqueza: «Paulina, ¿qué pasó verdaderamente el 20 de mayo de 1993 en el CEN?». Su respuesta fue tan lacónica como contundente: «Esa reunión del CEN fue una encerrona».

Con el paso del tiempo, siento que ha sido la mejor definición que he escuchado para calificar este evento histórico. La Real Academia Española (RAE) me permite ser aún más preciso: la encerrona «es una situación preparada de antemano para acorralar a alguien y obligarlo a hacer algo en contra de su voluntad y ponerlo en una posición difícil».

Muchos lectores querrán que escriba los nombres de cómo votamos y cómo dejamos constancia de nuestra opinión en el CEN que tomó la decisión que, a la larga, se convertiría en el inicio del desplome institucional del país. Sigo convencido de que esa minuta de acta debe ser publicada por las autoridades actuales; y así lo pido públicamente de nuevo. Será un aporte imprescindible para darle mayor certeza a la historia. En ese momento, cabe recordar, había una sola AD.

Aquel personaje a quien condenaron antes del juicio formal fue el mismo que, con su conducta íntegra frente a la adversidad, demostró dejar un legado invaluable como demócrata por convicción y acción. No se doblegó. Hoy, su legado nos impulsa con más fuerza a luchar por la democracia, que no es otra cosa que luchar por el común, por la gente sencilla que va y viene, ríe, sufre y espera, tal como lo inmortalizara magistralmente Rómulo Gallegos.

En algún momento del camino, la democracia dejó de nutrirse de la crítica y perdió la capacidad de cuestionarse a sí misma a través de la autocrítica. Aquel hombre que terminó preso en democracia profetizó con sorprendente y escalofriante exactitud todo lo que venía después. Ya se ha marchado de esta vida, pero la historia jamás lo podrá ignorar. Estas duras enseñanzas tienen que servir de mucho de cara al futuro: la democracia es un bien común que más nunca se podrá volver a regalar.

La historia de la tragedia de Venezuela comenzó formalmente cuando los golpes militares no pudieron derrotar al gobierno civil por las armas, pero fueron astutamente aprovechados por quienes, movidos por el egoísmo y la envidia, prefirieron ejecutar una emboscada mediante el uso de las instituciones civiles. Allí no perdió Carlos Andrés Pérez; perdimos todos los venezolanos la posibilidad de seguir avanzando en la democracia imperfecta que teníamos, para pasar a vivir bajo el más dañino experimento de manipulación psicológica que jamás pudimos imaginar, el cual sirvió para desmantelar un país y condenar a varias generaciones a vivir sin futuro.

La verdadera magnitud de la crueldad y las consecuencias de lo ocurrido en Venezuela solo las conoceremos en su totalidad cuando ya no estén quienes lo provocaron. Y es muy posible que lo sepamos pronto, si logramos volver a ser un país exitoso y demócratas de verdad.

Caracas, 20 de mayo de 2026

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