Por: Ramón Ramón Sosa Pérez
Dos Pilitas, Guanábano, Quinta Crespo, Balconcitos, Puente Llaguno, La Gorda, San Pablo y Truco son los nombres más efusivos de las esquinas ubicadas en la populosa vía, caraqueñizada como Avenida Baralt, epónimo del gran diplomático, historiador y poeta zuliano Rafael María Baralt, de padre venezolano y madre dominicana, con estudios superiores en la Universidad Santo Tomás, la más antigua de Colombia, fundada en 1580.
En su extenso recorrido al oeste de la capital, la trillada arteria vial deja al descubierto a viandantes, moradores y ocasionales paseantes sus edificaciones más emblemáticas: el Colegio San José del Ávila, la Estación Capitolio del Metro de Caracas y el Mercado de Quinta Crespo. En tiempos no lejanos llegó a ganar fama un chichero que expendía espumosa bebida fermentada en la periferia de la Plaza Francisco de Miranda.
Su popularidad destacaba por el habla cantarina en tanto nativo de la cordillera y su afabilidad andina le brotaba flor de piel. Los caminantes habituales de la Avenida Baralt no se resistían a la provocativa pitanza y todos a una se disputaban un oportuno puesto para saborear la sustanciosa libación y escuchar la ingeniosa guasa del tan nombrado chichero, cuya graciosa reputación se extendía ya en varias leguas a la redonda.
El Chichero de la Avenida Baralt gozaba de lo lindo en su llana manera que lo delataba en la expresiva forma de ofrecer su mercancía, sin que le faltara diversa clientela los fines de semana cuando acudían de toda Caracas a comprarle la chicha de agraciada raíz cordillerana. Con la modesta venta levantó su clan en techo propio y mejores tiempos. Un paisano merideño nos refirió el hecho, sin tapujos.
Se ufanaba en una suerte de credencial legitimando ante su habitual clientela la rigurosa y decorosa formación que recibió de sus padres valeranos, al tiempo que pregonaba con meritoria candidez que a su familia no le faltaría nada mientras él viviera pues aquellas penurias de su lejana infancia no las deseaba para los suyos. En desahogo se criaron los hijos del afamado chichero sin que tuvieran tan lejana mortificación.
Mientras sus 6 hijos siguieron educación formal, el benjamín de la familia abandonó temprano el estudio “esperando mejor tiempo”, como explicaba el viejo mercante ante la cuestión interesada de sus oportunos comerciantes. El tiempo forzoso siguió su curso y luego de tantos años de infinita labor diaria, una mañana no retornó a la Plaza Francisco de Miranda. A la pregunta de los transeúntes, nadie dio explicaciones.
El viejo Chichero de la Avenida Baralt no había llegado ni llegaría. Tres o cuatro semanas más tarde se apareció el hijo menor con el desvencijado carrito de mercar y nomás verle la cara, adivinaron que se trataba del chicuelo que años atrás acompañaba al simpático vendedor y la respuesta fue general. La guasa caraqueña del chaval reemplazó el habla melódica del recordado chichero pero algo más sorprendió a los clientes.
Al caer la tarde, el viejo trujillano raspaba la pesada olla de barro cocido, indicando que la chicha se había terminado. Ahora, en cambio el muchacho protegía otra estrategia de mercado y luego de los tres cuartos de bebida en el cacharro empezaba a vocear que cerraría el sobrante para los clientes que aguardaban su vuelta. Como llegaba más tarde que otrora su padre, los clientes se acomodaron al nuevo horario.
Al filo del mediodía se aparcaba en la esquina de Plaza Miranda y la gente retrasaba la compra pensando en la distancia de su casa. Meses después la Policía descifró el enigma. El travieso chaval caraqueño cada mañana protagonizaba arrebatones de cadenas y pulseras en el trayecto y los iba depositando en el fondo de la olla. De esta manera despistaba a los funcionarios que nunca lo apañaban, como decía la abuela.
Una tarde los oficiales le hicieron vaciar la olla y al instante brotaron las prendas denunciadas en la Comisaría. De nada valió discutir la bien ganada fama del chichero trujillano con su producto porque el sabor había cambiado. Las malas mañas anularon para siempre la tradición del buen hombre que un día marchó de los andes buscando mejor destino en el decoroso oficio que Caracas asoció por años a su mejor tradición.
Un paisano de esta ciudad serrana, que vivió en Caracas por algo más de 30 años y ya de retorno a Mérida, nos hizo la confidencia atesorando para sí la guasa caraqueña que liaba la chispa del muchacho que quiso calcar la fama del padre, pero desde el lado opuesto a la pureza y honestidad andina, con infortunado resultado. Entretanto, en la capital el cuento se hizo memoria colectiva con El Chichero de la Plaza Baralt.