Por: Ramón Sosa Pérez

“Partiendo desde Tovar, se toma la vía Tacarica-San Francisco, pequeño caserío de grato ambiente campesino; se sube al Páramo de San Francisco para descender luego a la meseta de Guaraque..”. La descripción del profesor Marco Vinicio Salas precisa con fidelidad el asiento del dinámico poblado sureño que antes fue aldehuela pastoril de colonos.
Dos plazas, dos iglesias y un solo pueblo. Así es Guaráque, villorrio que se abre en el suave declive de una mesa ataviada por las aguas torrentosas del Cañutales y el Huesca, los dos ríos vecinos. Ayer era apenas un hatajo de casas dispersas en la agreste geografía sureña y que la iglesia asistía con la regularidad que le permitían sus fragosos caminos.
En la Semana Mayor el sacerdote compartía curato entre Pregonero y Guaráque, para que todos participaran del oficio religioso. La feligresía, observante apegada al credo milenario, se juntaba para escuchar la celebración del Jueves Santo con la institución del Sacerdocio, el Triduo Pascual o el Lavatorio de los Pies, en el territorio comarcano.
Cita la crónica local que por el año 1811 el Padre Montoya, así llamado por los lugareños, y de procedencia surandina a juzgar por su apelativo, fue el párroco accidental de la jurisdicción. El relato es abundoso acerca de una muy curiosa premonición, acaso compartida con algún parroquiano servidor del altar, si nos atenemos a lo delicado del asunto.
Hallábase un día el prenombrado presbítero en el vergel de su casa de habitación cuando escuchó una voz enigmática que le señalaba la obligación de advertirle a la lejana villa que era entonces capital del obispado: “¡Padre Montoya, avise a Mérida que se hunde!”. Tan enigmático mensaje apareció a principios del mes de noviembre de 1811.
Por la complejidad del presentimiento, el eclesiástico decidió confesárselo a su amigo el Padre Márquez, que a la sazón atendía la feligresía de San Juan y Lagunillas. Escuchar al hermano sacerdote y cavilar sobre lo conveniente lo llevó a la conclusión que lo prudente era informarlo convenientemente a la jerarquía de la iglesia y encaminó sus pasos a la capital.
En la Casa de Formación contó a sus Superiores la encomienda, pero desoyeron el oráculo del Padre Montoya, aun cuando el manuscrito advertía que el vaticinio sobre el virtual hundimiento de Mérida se repitió en febrero del año 12. En un ajado papel de estraza traía el encargo, incauto pliego que seguramente traspapeló en los pasillos del claustro.
Se anunciaba con primacía el lúgubre terremoto que asoló la ciudad de Mérida el Jueves Santo 26 de marzo de 1812, hace ya 214 años y cuyas funestas cifras se tradujeron en numerosos muertos y heridos que se contaron por cientos. Dos días más tarde, el doctor Mariano de Talavera, testigo presencial, daba el balance oficial con puntillosa precisión:
“A las 5 de la tarde, al salir el señor Obispo de la catedral de celebrar el lavatorio comenzó un espantoso terremoto que con la interrupción de poco más de 1 minuto, arruinó enteramente esta ciudad. En un mismo momento cayeron la catedral, San Francisco, el colegio y todas las demás iglesias, en donde perecieron infinidad de personas, que aún se ignoran”.
El parte era elocuente, revelado con mayor angustia por tratarse de los oficios religiosos del Jueves Santo. Evidentemente, había afluencia significativa en el Templo de San Francisco y en la confusión, junto al obispo y los párrocos del séquito celebrante, perecieron centenares de merideños. La profecía del cura de Guaráque fue inexplicablemente desatendida.
Unos meses después, según testimonio directo del acreditado Dr. Ricardo Labastida y certificado en las crónicas de la época, muchos pudieron ver en el antiguo Seminario de Mérida aquel papel olvidado por el párroco de Lagunillas y escrito de puño y letra por el Padre Montoya, entonces a cargo circunstancial de la vicaría de Guaráque y Pregonero.
El mensaje de marras, descubierto por mera casualidad sobre el velador de la rectoría del Seminario, “en una cuartilla de papel florete, doblada a lo largo y cerrada en forma de triángulo”, confesó a las generaciones venideras el sorprendente vaticinio que el comedido Padre Montoya había escuchado, alertando a Mérida sobre el cataclismo de 1812.