Una manera de vivir

Por: Ricardo Gil Otaiza

Ya son más de tres décadas entregadas a la opinión pública. Toda una vida, sin lugar a dudas. Mi existencia ha girado en torno de cuatro ejes fundamentales: la familia, la enseñanza universitaria, la lectura y la escritura. Todos se amalgaman para articular lo que soy; o lo que he pretendido ser. Si de manera artificiosa lograra extraer de mi historia personal a uno de estos ejes, pues todo se vendría abajo como un castillo de naipes. No obstante, quiero referirme al último en particular, por ser, si se quiere, fundante en mi manera de vivir y de ver el mundo y, además, el que me ha impulsado esta tarde a trajinar la página en blanco.

La escritura, y en particular la de mis columnas en la prensa, ha sido un oficio exigente, muy duro, porque ha implicado echar a andar una suerte de disciplina, que me empuja a estar semana a semana en las páginas impresas y digitales de la prensa venezolana. Y cuando digo disciplina, me refiero a todo su significado desde lo literal: “la observancia de las leyes”, nos dice el Diccionario de la Lengua Española. Extrapolándolo al presente caso, se trata de la observancia de las normas de la escritura. Casi podría decirse que un bucle recursivo: la escritura da pie a unas normas que son productoras a su vez de la escritura. En otras palabras: no todo está dicho en el arte de escribir bien.

Sin embargo, no todo son normas en este complejo oficio. De nada nos serviría la gramática española sin el talento para producir un texto meridianamente decente y legible, y si no sintiéramos los deseos de comunicar “algo”. Quien escribe para la prensa comunica su pensamiento a los lectores, quienes lo tomarán e internalizarán, o lo tirarán al cesto del olvido. La escritura para la prensa es propia de hormiguitas, ya que sus resultados no son inmediatos, sino que se consolidan (o no) en el tiempo. Cada texto vendría a representar ese granito de azúcar o esa miguita que cargan con mucho esfuerzo, y que a la final servirá para alimentar al resto.

La escritura permanente y continua para la prensa nos entrena en el oficio, que no se aprende en ninguna universidad, sino que es por ensayo y error. Haremos talleres literarios, estudiaremos letras o periodismo, pero si no nos lanzamos de lleno a la escritura, con todos los riesgos y sacrificios que supone, de nada valdrá toda esa episteme recibida porque no sabremos qué hacer con ella. Sería como esos exámenes a libro abierto, en los que los jóvenes se devanan los sesos pasando las páginas de los libros en todas las direcciones, pero nada consiguen desvelar, y terminan fracasando.

La orquestación perfecta entre el talento natural, la disciplina y el oficio per se (que incluye a las denominadas musas), trae como resultado plasmar en la página lo que llevamos dentro, y que eso mueva al lector a la reflexión y a la acción. Si bien es cierto que el artículo de prensa tiene una vida corta, la sumatoria de todos estos esfuerzos semanales (y durante años) produce una sinergia extraordinaria y, lógicamente, unos resultados. A veces creemos que estamos solos en esto, porque no recibimos la realimentación inmediata, pero la experiencia me dice que esa percepción es falsa, que al otro lado de la pantalla siempre habrá alguien que a lo lejos (o de cerca) nos sigue, y se ha creado en torno de nuestro trabajo un criterio definido y cierto (por lo menos para sí).

Hace pocos días fui sorprendido por un mensaje que recibí en WhatsApp desde un número no registrado. En el mismo, la persona que me escribió (quien resultó ser un joven estudiante de Comunicación Social, que le pidió mi número a un amigo común y me contactó), me expresa algo tan hermoso y satisfactorio, que vale todo el oro del mundo: “Leo sus artículos en el diario El Universal, usted me parece un fuera de serie”. Como todo artista, los escritores también tenemos nuestro ego (unos más que otros, por cierto), y este tipo de reconocimiento por parte de un lector (quien es al fin y al cabo el objetivo teleológico de nuestra escritura y de nuestros afanes) zanja toda herida, eleva la moral, nos sumerge en una nube que nos impulsa a seguir adelante.

Obviamente, no todo es un nicho de rosas en el oficio. Quienes escribimos tenemos la sensibilidad a flor de piel y cualquier detalle, por nimio que parezca, nos conmociona. En lo particular, basta un gazapo en la página para que me ponga de mal humor, y que ese día sea para mí un verdadero suplicio chino. Un comentario despectivo hecho por un lector acerca de un texto o de un libro, por supuesto que no nos gusta. Quisiéramos que nuestro trabajo fuera valorado y reconocido. Una crítica literaria hecha sin fundamentos reales, que le cae a palos y sin misericordia al texto por pura inquina y mezquindad, es para nosotros un dardo envenenado con curare, que nos puede hundir en una profunda depresión y desencanto.

Empero, los escritores estamos conscientes de que no siempre serán aplausos lo que recibamos por nuestro trabajo. Si la crítica tiene razón, la acepto sin reticencias. Si la aguda e incisiva observación dio en el clavo, pues mala suerte, trago grueso y tendré más cuidado la próxima vez. Quienes escribimos nos mecemos en el vacío, y como verdaderos equilibristas buscamos poner los puntos sobre las íes, y con un lenguaje de altura. Si lo alcanzamos, ¡eureka!, misión cumplida.

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