Marías, uno de los grandes

Por: Ricardo Gil Otaiza

Escribo este artículo todavía impactado por la triste noticia del inesperado fallecimiento del novelista y polemista español Javier Marías (Madrid: 1951-2022), ocurrido hoy domingo 11 de septiembre a primera hora de la tarde madrileña. Se lo llevó una neumonía, pero tal vez toda una vida trajinando el cigarrillo y el enorme estrés de la creación de una obra. De él podría decir muchos lugares comunes: uno de los grandes, la mejor pluma española de los últimos 50 años, se merecía el Premio Nobel (que siempre le fue negado), con él se cierra una época, su voz predicó en el desierto de nuestra mediocridad e inmediatez, y muchas cosas más. Y todos serían válidos. Sin embargo, quiero dedicarle estas cuartillas con el agradecimiento de haber sido uno de mis escritores de cabecera, de haber azuzado en mí las ansias de elevar la prosa a niveles superlativos, a buscar comienzos de novela que enganchen y sean recordados para siempre, a no contentarme con cualquier cosa, a indagar más allá de lo previsible para internarme en los intersticios de las historias y de los personajes.

La prosa novelística de Javier Marías no es fácil, requiere de los lectores mucho seso para internarse en los densos territorios de su propuesta literaria. Sus textos narrativos son milimétricamente construidos, nada hay en ellos que sobre ni que falte: sus tramas se hilvanan desde la razón, pero también desde las emociones, lo que produce en el lector un impacto tremendo. La narrativa de Marías es de elevada factura, jamás cae en el territorio de lo marginal, de lo execrable o de lo chabacano, lo que lleva a muchos a calificarla de elitista e inalcanzable, olvidándose (quienes así opinan) que los creadores estamos en la obligación de tocar la esencia de lo humano, y que ello no debería estar en contraposición con un buen leguaje.

Fascina en Marías su manera de narrar desde una voz que medita y se formula serias interrogantes, como si fuera la voz del autor, pero sabemos que no es él. Es “alguien” puesto allí para interpelarnos, para llevarnos a pensar, a indagar, a dudar, a ver más allá de nuestra cortedad de miras, pero sin revelar más de lo que es debido. En este sentido, la voz avanza y retrocede, dice y se desdice, aclara y oscurece. Esa suerte de péndulo narrativo, o de oscilación, nos empuja a meterle cabeza a lo contado, a intentar indagar en la letra pequeña, en los susurros, en los juegos que el narrador hace con sus lectores. Si bien es cierto que el lector poco avezado se ve en serias dificultades para internarse al comienzo de lo contado, por ese juego de palabras que inserta el narrador como abrebocas (cuyos intríngulis traen consigo pequeñas pistas para lo que vendrá), una vez que logra sortear esos inconvenientes, queda atrapado hasta el final, sin posibilidad alguna de tomar salidas intermedias. Es improbable dejar a medio camino una narración de Marías, porque como en un tobogán, el narrador nos lleva siempre de la mano hacia un desenlace, que muchas veces es posible de intuir, pero nos asaltarán las dudas y avanzaremos sin rémoras hasta poner con él, y gozosos, el punto final.

Pero Javier Marías no solo fue novelas, sino que también se adentró con éxito en los territorios del cuento, el ensayo, la biografía y los artículos de opinión. Con respecto a estos últimos, los lectores desprevenidos tuvimos la suerte de tener en nuestras manos las compilaciones que la editorial Alfaguara preparaba cada cierto tiempo con sus columnas de prensa. Como articulista hallamos a un Marías mordaz, incisivo, perdonavidas, que analiza con criterio rompedor episodios de la cotidianidad, de la política y de la cultura, sin que nada se le escape. A pesar de la fugacidad del texto de opinión, que pierde vigencia a pasos acelerados, leemos sus artículos y aunque los hechos contados ya no nos van ni nos vienen por el paso del tiempo, disfrutamos enormemente de una prosa no exenta de fino humor, en donde el autor se nos muestra como un intelectual agudo, que increpa su tiempo histórico, que fija posición y hasta se gana enemigos.

En lo particular me gusta más el Marías articulista, porque desde su visión de cada semana podemos sopesar con precisión los cambios paulatinos de la época que nos corresponde vivir, las intermitencias del devenir histórico, los quiebres y sobresaltos de la curva civilizatoria, la complejidad de unos tiempos que hacen de nosotros sujetos activos de nuestra dinámica social. Es María un sensible termómetro del acontecer español y del mundo, y su palabra jamás es condescendiente; todo lo contrario: increpa, azuza, acusa, se burla, interpela, insulta, se enoja, se ríe, se lamenta y hasta hace mea culpa de sus errores y jura no volver a transitar los mismos territorios.

No obstante, hallamos en sus artículos al Marías amante de la cultura y de la familia, al ser humano a quien no le importa mostrar sus sentimientos más profundos. Es el hijo que admiró a su padre (a quien España le negó todo reconocimiento), el amigo que lamenta la partida de familiares y de amigos, el artista sensible que se emociona al hablarnos de los objetos amados; el intelectual y el creador que se resistió a escribir en ordenador.

En fin, el Javier Marías autor consagrado, pero también el hombre de su tiempo, a quien echaremos de menos ahora que ha partido de este mundo.

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