Escribir de memoria

Por: Ricardo Gil Otaiza

La escritura es, no me canso de repetirlo, un hecho complejo. Plasmamos lo que llevamos dentro, lo que subyace en nuestra interioridad, lo que de alguna manera representa el lodo constitutivo de nuestra propia esencia. Obviamente, escribimos de memoria, porque es un ejercicio mediante el cual extraemos de nuestros más profundos intersticios, anécdotas y personajes, y todo ello toma la forma (luego de un inmenso trabajo creador, a veces de años) de un cuento o de una novela. La mayoría de las veces no somos conscientes de ser portadores de esos sedimentos literarios, pero la experiencia vital incide día a día en nosotros, y todo aquello que experimentamos (que nos cuentan, vemos o leemos), nos va permeando, hasta que se articulan desde nuestras propias voces interiores. Dichas voces comienzan luego a desprenderse y emergen sin pausa, y en un momento determinado bajamos toda esa abstracción hasta la realidad de la página, que se materializa como portento para ser compartida con los lectores. La escritura es, sin más, un oficio de la memoria.

Como hecho complejo que es, la escritura requiere también de otras herramientas, que nos permitan conjuntar los distintos elementos constitutivos de la obra. Escribimos desde la memoria, es cierto, pero también necesitamos de fuentes primarias y secundarias, que consoliden lo que llevamos dentro y que nos permitan fluir sin mayores obstáculos. De entrada es casi obligatorio echar mano de nuestra biblioteca, es decir, de nuestros libros, para que nos entreguen los datos, referencias, fechas, lugares, ciudades, biografías, teorías, sentencias y muchas otras cuestiones necesarias en el proceso creativo.

Con la narrativa no hay mayores dificultades, porque hablamos de ficción, y ella se construye sobre la base de mentiras que articulamos de manera ingeniosa, para que sean creídas a pie juntillas por nuestros clientes que son los lectores, y se produzca esa atmósfera tan especial y mágica que solemos llamar verosimilitud. Es decir, que la ficción sea creíble, que se sostenga la ilusión, que quienes nos leen no nos abandonen a mitad del camino, exasperados por artificios que ni el propio autor asume como verdades. La ficción deberá ser tan sólida como una teoría científica y demostrable dentro de la propia autarquía del relato. Lo contado es un universo único en donde existen sus propias leyes y dinámicas ajenas a la realidad de “afuera”. De pronto estamos escribiendo un relato con elementos históricos, pero por aquello que llamamos licencia literaria, podemos traer un hecho de un siglo lejano y ubicarlo en un contexto distinto al real, y eso es complemente válido; pero para que lo sea deberá creerlo el lector, de lo contrario se cae el artificio por su propio peso y se viene abajo la abstracción literaria.

En el caso del ensayo en sus distintas variantes, la dinámica creativa es distinta a la de la narrativa. El ensayo discurre en torno de un tema y echa mano del denominado aparato crítico, que no es otra cosa que el cotejo de las ideas y el pensamiento de otros autores, que le dan sustento a nuestros planteamientos; de allí su fuerza y su prestigio en nuestros días. No obstante, este maravilloso género que tanto le debe a Michel de Montaigne, es muy flexible, y permite que insertemos en su interior otros géneros aparentemente contrapuestos (como también pasa con la novela, cuyo padre moderno no es otro que Cervantes), pero que pueden ser complementarios: poesía, crónica, cuento y hasta el discurso, todo lo cual crea un espacio ideal para el cotejo de la palabra (ergo, de la vida) en su máxima potencia. Esa misma flexibilidad del ensayo ha traído consigo que muchos autores de ayer y contemporáneos lo deslastren (perdónenme el vocablo) de las citas y de los pies de páginas, que surten el efecto de ser enormes distractores en la lectura, y vayamos a pasos acelerados hacia el denominado ensayo libre o literario, que permite al autor echar mano de la memoria y de las fuentes, y orquestarlas de tal forma que el lector disfrute de la lectura, a la vez que internalice grandes ideas (muchas veces novedosas e ingeniosas). Tanto es así, que muchos lectores gustan de un ensayo como si de una novela se tratara, porque los artificios propios de la literatura facilitan el camino de ensayar las ideas como quien crea personajes e historias.

El oficio de la memoria es fundamental en la literatura, y podría afirmar sin temor a equivocarme, que es el “todo”, al erigirse en el eje aglutinador de aquello que hace de las letras una de las artes más antiguas y practicadas por todas las civilizaciones, primero desde la oralidad y luego con el salto a la página. Independientemente del formato (impreso o electrónico) la literatura permanecerá hasta el final de los tiempos, porque contar es algo innato a la naturaleza humana, y a la vez es una necesidad mental y espiritual que nos reconcilia con la vida. La memoria es una inmensa cantera que podría no agotarse nunca (al menos que sobrevenga un problema que la borre para siempre), pero articularla, dosificarla, enriquecerla y darle una forma exquisita, es el oficio (y el arte) de la escritura y, como lo he expresado en entregas anteriores, requiere de un don particular y de una disciplina, que transformen ese magma interior primigenio en un “algo” digno de ser leído o escuchado por los otros.