Mi Real Opinión: El periodismo frente al naufragio de la ética: entre la catástrofe y el ‘like’

Por: Jorge Luis Sulbarán Algara / Periodista y Docente

Las tragedias tienen la dolorosa capacidad de desnudarnos como sociedad, pero también de exponer las miserias de un oficio que hoy parece desorientado. Los recientes desastres naturales y situaciones de emergencia que nos ha tocado presenciar en el país han dejado al descubierto una brecha cada vez más profunda e indignante: la distancia insalvable entre el verdadero papel del periodista y la frívola irrupción de los influencers en las zonas de catástrofe.

Bien lo señalaba recientemente el periodista Luis Olavarrieta al advertir cómo ambas realidades se distancian. Sin embargo, hay que ir más allá del simple diagnóstico. Lo que estamos viviendo en las redes sociales no es una evolución de la comunicación; es la metamorfosis del dolor ajeno en un bien de consumo digital. Donde termina el derecho constitucional y humano de informar de manera veraz, parece iniciar la explotación, el morbo y, en el peor de los casos, la burla abierta del sufrimiento humano. Todo bajo una única e hipócrita consigna: aumentar el contador de seguidores.

El “tubazo” amarillista y la falsificación de la realidad

Abordar la fuente de sucesos y emergencias nunca ha sido una tarea fácil. Exige templanza, respeto por las víctimas y, sobre todo, una rigurosa responsabilidad social. Pero hoy, en lugar de crónicas respetuosas o reportes institucionales, las plataformas se inundan de personajes ajenos por completo a la profesión que se plantan ante la tragedia como si fuera un set de grabación. El viejo y criticable «tubazo» del periodismo tradicional ha sido sustituido por un esquema amarillista digital, donde el valor de una vida perdida se mide en visualizaciones.

A esta falta de escrúpulos se le suma un peligro contemporáneo: la manipulación informativa a través del uso excesivo y no declarado de la Inteligencia Artificial. Ya no solo se distorsiona el enfoque; ahora se alteran imágenes, se exageran audios y se fabrican realidades paralelas con el único fin de generar indignación y enganche emocional. Se instrumentaliza la desesperación del ciudadano que lo ha perdido todo, ignorando que detrás de cada pantalla hay familias rotas que merecen respeto, no ser el contenido de entretenimiento de la semana.

Las verdades de la tragedia y la inacción gremial

Esta crisis está mostrando demasiadas verdades incómodas. Mientras las audiencias comienzan a reaccionar con legítima indignación y a denunciar estos abusos en las propias redes, el panorama institucional del gremio resulta desolador.

Es inevitable preguntarse: ¿Dónde está la Ley de Ejercicio del Periodismo? ¿Dónde queda la ética y la responsabilidad cuando se guarda silencio? Es sumamente preocupante observar cómo «opinólogos» y creadores de contenido asumen el rol de reporteros, haciendo entrevistas improvisadas y reportajes sin el menor criterio técnico ni deontológico, mientras los directivos nacionales y regionales del Colegio Nacional de Periodistas (CNP) mantienen un mutismo sepulcral.

Ver la inacción de las altas esferas gremiales frente a ciudadanos que «no son periodistas» usurpando funciones en canales o plataformas de gran alcance es, por decir lo menos, un acto de desprotección hacia el oficio. ¿Cómo podemos exigir respeto a nuestra ley si la vigilancia de su cumplimiento parece suspendida cuando conviene?

Mirarse en el espejo

El problema de fondo surge cuando la denuncia pública se diluye en la inmediatez de la web. Muy pocos se detienen a leer los comentarios con espíritu crítico o a propiciar un debate profundo; la tendencia inmediata es salir a la defensiva, corporativa o individualmente.

La credibilidad del periodismo en nuestro radio de acción ha estado carcomida durante años por las malas prácticas de algunos de sus propios actores, pero permitir que el terreno sea tomado por el canibalismo digital de los cazadores de clics es renunciar definitivamente a la verdad. La responsabilidad y la ética no son negociables ni canjeables por algoritmos. Ante la crisis actual del ejercicio, vale recordar la sabiduría popular y el peso de la coherencia en un entorno donde la verdad parece no tener dueño. Como bien decía la abuela que todos lo día va a la iglesia de mi barrio: «El que esté libre de culpa, que lance la primera piedra». Pero mientras tanto, al menos, tengamos la decencia, la ética y el decoro de no hacer espectáculo con las piedras que caen sobre los más vulnerables.

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