Por: Ramón Sosa Pérez
El tachirense —taribero para más señas— Eleazar Ontiveros Paolini es un creador impenitente que no da tregua a su estilete de diaria faena escritural. Escribe poesía, cuentos, ensayos o novelas que, de manera habitual en años anteriores, publicaba con axiomática asiduidad y que hoy, por la dinámica que nos impuso el tiempo en que vivimos, no puede divulgar.
En sus tiempos de director de cultura y extensión de la ULA se multiplicaba en la proyección de actividades con vínculo universitario y, donde no había esos lazos, procuraba la relación con movimientos y comunidades que sirvieran de peana para trascender en jornadas intelectuales o de promoción cultural. El libro era, invariablemente, un invitado de honor.
Poco a poco fui leyendo sus escritos de variopinto contenido y llegué a sus novelas, poemas y ensayos de grata membranza. Hoy, al repasar su reciente novela Muriendo desde la Z, afirmo desde mi zócalo de lector raso, mondo y lirondo, que es una obra de alta factura intelectual, en tanto sus páginas me atraparon desde el primer instante, lo que ya es ganancia para el escritor.
Su argumento despierta curiosidad y nos refiere a un ignoto lugar de la serranía con un joven de cualidades originales, quien amontona memorioso las bondades milenarias de la lengua cervantina. En el libro se advierte un trato profuso en el hilo narrativo que da ocasión de recorrer el estilo articulado en un texto de revelación pastoril y lozana a un mismo tiempo.
Muriendo desde la Z es, sin más, el desafío perceptible del conocimiento basado en los principios que aprehenden al montañés desde la infancia. En la campiña, el protagonista domeña lo que frena su porvenir mientras se empina sobre los azares cotidianos. Sus personajes son arquetipos de la ruralidad venezolana, tejidos para tamizar un mensaje necesario.
El eje temático de la novela abrevia la voluntad del aldeano que renuncia a la formalidad de la enseñanza para descifrar, en adelante, el hermético mundo exterior que le brindan los intersticios del diccionario castellano, como un himno a la disciplina del eremita según Nietzsche: «el hombre es pura voluntad», o Heidegger, quien lo suponía como «pura posibilidad».
La novela, fluida en su novedosísima propuesta literaria, mantiene en vilo al lector por los senderos de un aprendizaje lleno de principios, en apego a los valores de identidad que precisarán su pervivencia como los únicos capaces de certificarle una mayor calidad de vida, sin renunciar a ellos. Al contrario, son el corolario gozoso de una existencia digna y sin riesgos.
Muriendo desde la Z seduce en su contexto de proveer elementos que le dan valoración al goce estético de la lengua castellana. Sin poses rebuscadas, la obra de Eleazar Ontiveros Paolini tiene testimonios que aprovisionan los senderos del conocimiento a través de la palabra franca. En síntesis, leer esta novela es afirmarse en el idioma de Castilla.