¡Qué puntería!

Por: Héctor Alonso López

No me gusta incursionar en temas que alteran el estado de ánimo de la gente. Sin embargo, a veces hay noticias que nos atrapan y se plantan frente a nosotros buscando una reflexión necesaria. Este asunto puede ser de poca importancia para muchos, o todo lo contrario; no pretendo profundizar en este momento en un tema tan complejo como históricamente sensible, de esos que marcaron los acontecimientos y hechos de las últimas cuatro décadas de nuestra historia reciente.

Conocí a Timoteo Zambrano en la militancia de la juventud de Acción Democrática (AD). En el camino de esa intensidad política, vivida por mi generación con tanta pasión, me tocó intervenir en una circunstancia particular. Para aquel momento, yo ya había salido de la Secretaría Juvenil Nacional del partido, pero formaba parte del equipo del aspirante a sucederme, Domingo Alberto Rangel Vega.

Quedó en mis manos la tarea de ayudar a resolver un conflicto con la representación de la delegación de la seccional Caracas. Los compañeros con quienes nos identificábamos en la capital, liderados por Johan Perozo, se oponían firmemente al ingreso de Timoteo Zambrano al Comité Juvenil Nacional. Mi objetivo era lograr que la seccional de la capital estuviera debidamente representada y, siendo Carlos Sorry el Secretario General de AD en Caracas, logramos decidir que esta tendría su espacio.

Sin embargo, Johan Perozo se mantenía firme en su negativa. Daba razones que hoy no recuerdo con exactitud, pero sí mantengo viva una anécdota sobre lo dicho por el propio Johan al argumentar su posición:

No me opongo a negarle el derecho que tiene. Y quién más que yo, que cuando lo vi actuando en los pequeños grupos teatrales del arte callejero, como un mimo que se expresaba con gestos y lenguaje corporal, me conmoví y lo incorporé al partido.

Era esa etapa de nuestras vidas que nos sembró el valor de tener una buena reputación, la cual debía construirse con el tiempo y las acciones. Esa reputación abarca la percepción, el respeto y la confianza que la sociedad o tu entorno tienen hacia ti, basándose en la ética, la palabra empeñada y el comportamiento constante.

Después lo vi incorporado a la actividad internacional en AD; ese aprendizaje le debe haber servido de mucho con el paso de los años. En 1988, fue designado como presidente del Movimiento Venezuela 2000 en Caracas. Nunca más supe de él hasta que lo vi convertido en Secretario General Nacional de Acción Democrática, precisamente para llenar la vacante de Luis Alfaro Ucero.

Hoy, gracias al aporte del presidente de la Asamblea Nacional, completo su identificación, la cual no conocía en detalle: sé ahora que se llama Timoteo Jesús Zambrano Guédez. Esto es un verdadero descubrimiento, pues nunca me había ocupado de averiguarlo. Lo llamaré por su nombre tradicional hasta acostumbrarme a sus nombres y apellidos completos, recién descubiertos.

La historia posterior de Timoteo no me resulta fácil de contar. No porque sea incontable, sino porque coincide con el haber escuchado recientemente un reel del presidente de la Asamblea Nacional hablando insultantemente del pasado de «Timoteo Zambrano», a secas, para luego anunciar, con mucha elocuencia y solemnidad, que ahora el gobierno —prolongación del anterior— lo ha designado como embajador en España bajo el nombre de Timoteo Jesús Zambrano Guédez.

Culmino este escrito, que inicialmente no me proponía hacer, recordando lo que dijo Napoleón Bonaparte alguna vez: «Nada va bien en un sistema político donde las palabras contradicen a los hechos».

¡Qué puntería tiene reencontrarse así con “Z”!

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