Por: Ramón Sosa Pérez

Hay una quietud vibrante en el idílico paisaje sureño que a guisa de gozne fija la lira que genera su bondad escénica, de donde se infiere el talento natural que tantos nacidos en su suelo prodigan con pasmo. Mucutuy es pueblo vivificante que confiere plectro especial a los creadores, atestiguado por quienes allí compartimos infancia y juventud.
En Mucutuy vio la luz primera José Rafael Rivas, a tenor del registro público del 5 de abril de 1902, hace ya 124 años. Es poco lo que se ha indagado sobre la infancia del más celebrado músico del siglo XX merideño.
Fueron sus padres Antonio y María Victoria, quizá forasteros pues también hubo diáspora silente y por disímiles causas.
Su permanencia temprana en Los Guáimaros, de Ejido, se explica en el habitual tráfico humano que mantenía con los vecinos del sur. A diario acampaban los arrieros con café, ganados, queso y trigo para canjear en bastimento de su exigua economía. La joven madre llegó a Ejido junto a la abuela Eufemia, migrante sureña que adelantó su éxodo.
La nonita lo dejaría trepar los carnosos guayabos del solar. Al escritor Julio Carrillo contó que de niño lo “traían de Mucutuy, pintoresca población del sur merideño, a lomo de mula, hasta Ejido”. Ese vaivén acusaba la manera inacabable de su espíritu errante buscando nuevos horizontes; sino inmanente del sureño de todos los tiempos.
Doña Eufemia garantizaría las idas a la escuelita del lugar y en su regazo cumpliría el rigor de las tareas. Una anécdota cita que en Llano Grande, medianero entre Ejido y la capital, hoy llamado Pie del Llano, Eliodoro Ruíz tenía una gentil quincalla de mercería, cuerdas para violines, novenas de santos, velas para angelitos, cuatros y guitarras.
Guindado al resguardo de la polilla, holgaba un cuatrico que nomás verlo impactó a José Rafael, detalle del que se percató la nona. Allí estaba a hurtadillas el germen de su aptitud y a poco abrió la arquilla de sus ahorros y en un segundo viaje a la ciudad concertó la paga con Don Eliodoro y el infante recibió con gozo su primer instrumento.
Felipe Angulo, violinero ejidense de paraduras y rosarios, es tutor de su vena musical. Los ensayos dieron fruto y la cardinal condición de músico haría el resto. De bocas a mano supo que Aquiles Rojas requería chavales para organizar una banda de músicos. Con el inicial abecé se apunta en el noviciado que será concluyente en su formación.
Ensayar en los primeros cordófonos y aplicarse en la organización de la agrupación, le permitió explorar otros horizontes. Juntó saber en instrumentación y en las fiestas patronales se lucía con el genis en procesiones por las calles ejidenses o cuando algún suceso relevante los convocara en la plaza de la villa.
Con 16 años de edad se alistó en la Banda del Coronel Ramón Pirela, Jefe Militar de La Punta para dar serenatas. Allí fraguó su primer empleo de músico remunerado. Los 4 años con Ramón Pirela indujeron más búsqueda hasta fundar la Banda Rivas. Esos mocitos de mostacho apenas esbozado eran los músicos más solicitados de la ciudad.
Su temprano viaje al Táchira, a mediados de los años 20, avivado por grupos de gran arraigo como el Conjunto Artistas Unidos, Alma Criolla o Los Muchachos Alegres, de resonancia regional, entusiasmaron a José Rafael Rivas para completar su formación musical en la sugestiva tierra bañada por el rojizo río Torbes.
En 1928, José Rafael Rivas regresa a Mérida y participa en la fundación de la agrupación embrión de la Banda Oficial del Estado, en 1929. La onda corta de La Voz del Táchira llegaba a la ciudad y José Rafael se deleitaba escuchando a músicos larenses que se asomaban por la radio tachirense.
Decide radicarse en Barquisimeto y entre estudios de armonía y violín, se enrola en la Banda Oficial del Estado Lara. De allí a San Cristóbal, Caracas y Mérida. Su espíritu andariego sólo alcanza reposo en sus composiciones. Es fundador del Orfeón del Liceo Libertador, Orfeón Universitario ULA, Director de la Banda Municipal Tovar, en 1936 funda la Banda Oficial del Estado donde será Sub Director. Luego dirige la más fecunda etapa de la institución hasta su jubilación en 1959.
Su salida de la Banda del Estado mermó la actividad al diluirse las retretas de jueves y domingo en la Plaza Mayor. El Ateneo de Mucutuy lleva su nombre y la emisora Pregón Mucutuyense, de la que soy cofundador, nació para recordar la obra musical de su hijo esclarecido.