Por: Héctor Alonso López / Caracas, 24 de marzo de 2026

En la Venezuela de mi infancia, el miedo tenía nombre de leyenda: «¡Ahí viene la Llorona!», nos decían para que entráramos en cintura. Pero ese susto se borraba pronto con el grito alegre de «¡Ya viene la Luz Parra!» o la «Luz Picón». Eran tiempos donde la electricidad era sinónimo de modernidad y la empresa privada, en sana convivencia con un Estado que despertaba, nos garantizaba que la noche era para el descanso, no para la zozobra.
Hoy, a mis 77 años, después de recorrer las carreteras de esta tierra que tanto quiero, veo con dolor cómo hemos cambiado los mitos por una realidad más aterradora. Ya no le tenemos miedo al espanto del camino, sino, como dice el dicho: «No le tengo miedo al toro, sino a la punta del cacho». Y el «cacho» hoy es ese interruptor que se queda muerto, esa nevera que calla y ese calor que se convierte en verdugo.
De la potencia a la resignación
Lo que vivimos no se explica fácilmente. Durante la dictadura de Pérez Jiménez, con apenas seis millones de habitantes, Venezuela ya soñaba en grande. Se fundó la Comisión del Caroní y se entendió que nuestra fuerza estaba en el agua. Luego, en los 40 años de democracia, construimos una catedral de ingeniería: el Guri, Macagua, Caruachi. Llegamos a generar casi 20.000 MW y a iluminar el 95 % del territorio. Éramos el faro de América Latina.
Pero hoy, la narrativa es otra. En Guárico, un joven me dio la definición más cruda de nuestra crisis: «Usted ha llegado a la tierra del Arbolito de Navidad, porque prendemos y apagamos». En el Llano, la intermitencia arruina la faena; en mi Mérida natal, el silencio de la falta de luz nos aísla en la montaña; y en el Zulia… el Zulia es el infierno en la tierra. Solidarizarse con los amigos zulianos es hoy un deber moral, porque allá la falta de luz es asfixia pura, es el agobio de un calor que no da tregua mientras «Corpoelec cobra lo que no da».
La sed de un país intermitente
Pero la crisis no solo es de luz. He escrito con la misma amargura a mis amigos en Cumaná, que han pasado más de 30 días sin que una gota de agua salga por sus grifos. Es la paradoja más cruel de nuestra historia: somos un país con ríos inmensos y represas colosales, pero vivimos como si habitáramos un desierto.
Cuando el ciudadano dice «cuando el pobre lava, llueve», no habla del clima; habla de una suerte echada donde el esfuerzo diario se estrella contra un servicio que falla. El colapso de marzo de 2019 fue el trauma, pero el goteo diario de apagones en los Andes, el Llano y el Occidente es la herida que no cierra.
Un llamado a la conciencia
Esta no es la visión de un especialista, sino la de un ciudadano que ha visto cómo la política y la falta de mantenimiento han apagado lo que tanto costó encender. Escribo para que no olvidemos de dónde venimos y para que la «zozobra» no se nos vuelva paisaje.
No podemos aceptar que el destino de Venezuela sea ser un «Arbolito de Navidad» que parpadea hasta fundirse. La luz y el agua no deberían ser milagros, sino el derecho de un pueblo que ya ha dado mucho de sí. Que estas líneas sirvan para recordarnos que, aunque hoy caminemos a tientas, la memoria histórica es la única lámpara que nadie nos puede apagar.