Mi Real Opinión: ¿Salarios de primer mundo o promesas de campaña? El dilema de Héctor Rodríguez en Mérida

Por: Jorge Luis Sulbarán Algara / Maestro – Periodista

La reciente visita del ministro de Educación, Héctor Rodríguez, al Liceo Bolivariano Claudio Corredor Müller en El Vigía, ha dejado tras de sí una estela de declaraciones que, por decir lo menos, desafían la memoria corta. Bajo el imponente calor de la capital Adrianista y flanqueado por el gobernador Arnaldo Sánchez, el ministro lanzó una promesa que suena a utopía en una economía asfixiada: convertir el sueldo de los maestros venezolanos en el mejor pagado de América Latina.

Para el magisterio merideño, que hoy sobrevive con salarios que no cubren ni una fracción de la canasta alimentaria, la declaración resulta audaz. Sin embargo, en el análisis político no se puede ignorar el historial discursivo de quien hoy encabeza la cartera educativa. Es inevitable recordar aquella filosofía —atribuida a su gestión y al entorno del proceso revolucionario— que sugería que la pobreza era una herramienta de control político, bajo la premisa de que «al pobre hay que mantenerlo pobre» para evitar que se desvíe del camino ideológico.

Si esa fue la tesis de ayer, ¿cómo interpretar la promesa de hoy? ¿Estamos ante un cambio de paradigma o frente a una nueva estrategia de contención social ante el evidente descontento de los educadores?

Mérida, según el propio ministro, ocupa uno de los tres primeros lugares en excelencia educativa del país. Es una ironía cruel: tenemos los mejores docentes, pero los peores pagados. La excelencia académica en nuestro estado no se mantiene gracias al presupuesto estatal, sino por el sacrificio casi heroico de maestros que caminan kilómetros para llegar a sus aulas, que trabajan con hambre y que, en muchos casos, han tenido que vender dulces o dar tareas dirigidas para completar el sustento que el Ministerio no les garantiza.

Los anuncios sobre la recuperación de 25 instituciones educativas y la entrega de tres camiones para el Plan de Alimentación Escolar (PAE) son necesarios, pero no dejan de ser paliativos. Un edificio pintado no educa si el maestro no tiene cómo alimentar a sus propios hijos. Un camión de comida no resuelve la deserción escolar si el núcleo familiar está desintegrado por la migración forzada.

El ministro Rodríguez afirma que trabajará por un «salario justo». Pero la justicia, en términos laborales, no se promete: se ejerce. Mientras el sueldo mínimo siga anclado a una realidad que no existe en los anaqueles, hablar de ser «los mejores pagados de América Latina» parece más un eslogan publicitario que un plan de gestión serio.

El magisterio ya no vive de consignas. Los maestros de El Vigía, de Mérida y de toda Venezuela esperan que la «excelencia cultural» que tanto alaba el ministro se traduzca en una calidad de vida digna. Si realmente se desea que «ningún niño se quede sin estudiar», el primer paso es que ningún maestro tenga que abandonar su aula para poder sobrevivir.

El tiempo y la cuenta bancaria de los educadores dirán si la visita a El Vigía fue el inicio de una verdadera reivindicación o simplemente otra página de retórica en el largo libro de la revolución.

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