Crónicas y caminos: Semana Santa al Sur de Mérida

Por: Ramón Sosa Pérez

 Este relato rememora la religiosidad que de antaño se vive en la fascinante tierra del sur, integrada por los Municipios Guaráque, Padre Noguera, Aricagua y Arzobispo Chacón, aun cuando Sucre, Libertador y Campo Elías comparten parroquias de la subregión, la misma que ocupa más del 30 % de la totalidad del territorio merideño, lo que compromete a su gente en la riqueza cultural, cosmogónica y en el devocionario católico. 

Los misioneros agustinos llegaron a la comarca sureña el 4 de septiembre de 1597 para fundar la Doctrina de Nuestra Señora de La Paz. En las crónicas se afirma que el fraile Diego de Navarro fue el primer religioso en acometer la obra civilizatoria de doctrinar a los nativos a lo largo del extenso territorio que entonces era habitado por aborígenes Mucaria, Aricagua y luego giros por la mezcla con culturas centro llaneras de la provincia.

A los venerables frailes deben estos pueblos comarcanos del sur la fe católica que hoy profesan en mayoría concluyente, con varias decenas de hijos suyos entregados al Servicio del Altar y numerosas vocaciones religiosas que han cristalizado en desprendimiento, altruismo e inigualados aportes en el campo de la educación y la salud, principalmente, como testifican con creces las diversas órdenes que las han amparado.

Los oficios de la Semana Mayor, seguidos al pie de la letra por el primer sacerdote diocesano que holló sus plantas en esta tierra bendecida, Pbro. Adonaí Noguera, nacido en La Tendida de Canagua en 1864, da cuenta de un fervor y piedad que bien pronto se tradujo en la religiosidad que hoy reconocemos en cada pueblo surmerideño. Asociado al canon católico, sus moradores son fieles observantes del ortodoxo credo milenario.

Recogerse en sus casas durante la Semana Mayor era signo de respeto, sumado a la guarda en oficios cotidianos, los cuales se reducían al mínimo. Las aves de corral y el ganado de ordeño eran liberados con las crías y de ellos no se obtenía ningún producto. El silencio en los hogares se interpretaba como solidaridad a la pasión del Cristo sufriente y en lo posible nadie en forma deliberada rompía la regla de la sordina general.

Ir a las misas del precepto cuando se podía era obligación de los paisanos que se eximían de querellas, grescas o discusiones, así como el compromiso fiel de los matrimonios que guardaban la castidad ex profeso como símbolo de abstinencia, pues se consideraba pecado su transgresión. Bañarse en fuentes de agua corriente durante estos días era infringir la ley impuesta por la fe para abrigar el respeto por la muerte de Jesús.

La gastronomía parca ceñía la continencia de carnes rojas para suplirla por otros platos y de obligación se invitaba a algún menesteroso a la mesa como gesto en honor a la solidaridad de Jesús. El condumio de siete potajes familiares que salen de lo habitual en la dieta diaria marca la diferencia en semana santa. Pan casero, dulces de platico, variadas sopas, pescado salado y chigüire, traído de los llanos, apura la despensa hogareña. 

En la Semana de Lázaro, que antecede a la de mayor peso religioso, los hogares del sur advierten una especial preparación litúrgica. Los templos guardarán atavíos y ornatos proporcionados a la ocasión de vigilia con moderación, los sacerdotes mudan sus vestiduras al color púrpura y los campanarios son sustituidos por sonajas en cajas de madera que allí llaman matraca para llamar a los oficios vespertinos de eucaristía.

En aldeas y capillas se cumplen los viacrucis que en ocasiones recorren largos trechos con penitentes escoltando la imagen nazarena. De ellos destaca el Viacrucis del Sur que el lunes santo peregrina desde Estanques, Municipio Sucre, hasta El Molino el día martes y llega al mediodía del Miércoles Santo al lugar denominado Parque El Motor, en Canaguá y se une al Viacrucis que procesiona desde el pueblo al lugar de encuentro.

Con más de 30 años de vigencia es quizá el de extensión en recorrido más largo del mundo pues supera los cien kilómetros en trayecto. Su iniciador fue Don Pablo Hernández y su esposa Doña Socorro Duran, promesantes del Cristo Redentor por favores recibidos ante una penuria familiar. La devoción se extendió a hijos y nietos quienes año tras año cumplen con rigor religioso el petitorio de sus padres, en intransferible legado.

La escenificación de la Pasión y muerte de Jesús suele representarse en cada pueblo, con actores que por generación pasan el testigo con libretos bíblicos que mueven la sensibilidad más honda entre quienes asisten a los lugares donde se encarna con palmario realismo el calco del Libro Santo. Por más de 40 años, Canaguá ofrece estos cuadros con el grupo Los Caminantes, que comienzan el Domingo de Ramos su laborosa tarea anual

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