Por: Jorge Luis Sulbarán Algara / Periodista.

En el corazón del municipio Alberto Adriani, se levanta una estructura de hierro y concreto que prometía ser la salvación energética de los Andes venezolanos. La Planta Termoeléctrica «Don Luis Zambrano» nació bajo el aura de la «soberanía eléctrica», una promesa que, trece años después, se ha transformado en un monumento a la desidia, la improvisación y el despilfarro de los recursos públicos.
Corría el año 2013 cuando, entre bombos y platillos, la gestión regional de aquel entonces, encabezada por el exgobernador Alexis Ramírez, aseguraba que Mérida sería el primer estado del país en blindarse contra los apagones. La inversión no fue minúscula: se habla de una cifra que oscila entre los 1.100 y 3.000 millones de dólares. Sin embargo, hoy en este abril de 2026, la realidad nos golpea con racionamientos que asfixian nuestra economía y merman nuestra calidad de vida.
¿Por qué falla una planta de miles de millones de dólares? La respuesta es técnica, pero sobre todo política. Se cometió un «pecado original» de planificación: se diseñó una planta de ciclo combinado para funcionar con gas natural, pero nunca se garantizó el suministro estable a través de un gasoducto funcional. La solución improvisada fue forzar las turbinas con gasoil, un combustible que actúa como un abrasivo interno, destruyendo los álabes y componentes de alta tecnología que hoy yacen como chatarra costosa.
El daño no es solo técnico, es humano y económico. Mientras la planta permanece en un silencio sepulcral o funcionando a una fracción mínima de su capacidad, el sector lácteo y cárnico de El Vigía —motor productivo de la región— ve cómo se pierden sus productos por la ruptura de la cadena de frío. Nuestros comerciantes en Mérida y Ejido bajan sus santamarías porque el costo de mantener plantas eléctricas privadas devora cualquier margen de ganancia.
A pesar de los constantes anuncios de «recuperación total» por parte de las autoridades actuales, la planta sigue herida de muerte por la falta de personal calificado y la corrosión interna de sus sistemas.
Como periodistas y como ciudadanos, no podemos permitir que la «Don Luis Zambrano» pase a la historia simplemente como un paisaje más en la vía a El Vigía. Es imperativo exigir una auditoría técnica y financiera real. No se trata solo de encender una turbina; se trata de rescatar la dignidad de un pueblo que vive a oscuras frente a una inversión milmillonaria que, irónicamente, no es capaz de encender ni un bombillo.
Mérida no necesita más promesas de «soberanía»; necesita luz, transparencia y, sobre todo, justicia ante el mayor elefante blanco de nuestra historia reciente.